Da Fonseca (1979) destaca la importancia de la motricidad como elemento imprescindible para el acceso a los procesos superiores del pensamiento. El desarrollo del individuo se inicia con la inteligencia neuromotora, donde predominan las conductas innatas y la organización tónico-emocional. Continúa con la inteligencia sensomotriz, entre los dos y los seis años, que se corresponde con las conductas motrices de locomoción, prensión y suspensión. A ella le sigue la inteligencia perceptomotriz, en donde se adquiere la noción del cuerpo, la lateralidad y la organización espacio-temporal, que abarca de los seis a los doce años. Termina el proceso con la inteligencia psicomotriz, superadora e integradora de todas las fases precedentes, que permite la acción en el mundo.
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